Tienes claro qué harás cuando le veas. Le dejarás claro quien es él y quien eres tú. Que no le necesitas. Que no le echas de menos cada vez que respiras y que tu cama no extraña su piel. Pero entonces aparece, sonríe y tu mundo se desploma a sus pies.
_Espera. Su boca se detuvo a escasos centímetros de la mía, donde había descansado un segundo antes. Me alarmé. Un miedo atroz me recorrió todo el cuerpo.
_¿Qué ocurre?_pregunté con un hilo de voz.
No me contestó. Se limitó a recorrer con su nariz y sus labios cada rincón de mi cuello. Devorándome sin prisas. Estudió cada poro de mi piel durante una eternidad. Yo cerré los ojos y le dejé hacer. Su boca dibujó con delicadeza mis pómulos. De repente, se detuvo otra vez, con sus labios a menos de un "te quiero" de los míos. Abrí los ojos.
_¿Qué ocurre?_repetí.
Me miró a los ojos. Dulce, atravesándome muy dentro. Cuando habló lo hizo con una tristeza repentina dibujada en el rostro.
_Intento clavarte en mí. Intento poder recordarte si mañana no...
Le abracé.
_Siempre estaré aquí. Siempre. No quiero que lo dudes _murmuré.
Su mirada se transformó. Lo que dijo me congeló. Mis miedos se materializaron delante de mí. Tan reales como nunca antes.
_No dudo de ti. Dudo de mí. De que mañana sea capaz de estar aquí, contigo.
Me hizo trizas.
¿Qué hago?